Empezamos a caminar por toda la orilla de carretera, poniendo pulgares arriba para que alguna persona de noble corazón, nos llevará hasta el río. Una camioneta se detuvo, era un señor como de unos 50 años de edad, completamente canoso, y en el asiento del copiloto llevaba a su perro, que era de esa raza de sabueso, ya saben, los que cazan conejos. Subimos a la batea ya que no queríamos molestar la comodidad del perro, primero subió Juan, le pase el termo de agua, las dos cañas, la carnada y por último la cerveza y después me subí, íbamos con el viento a nuestras espaldas, dispuestos a la aventura. Después de 20 minutos llegamos al río, donde se detuvo la camioneta, primero baje yo y le dije a Juan me pasara las cosas, un automóvil venia detrás y como la carretera era estrecha, le urgía que nos apuráramos. Juan me paso todo rápidamente, el viejo se arranco y le hicimos gestos con las manos dándole las gracias – yo me llevo las cañas y la carnada y tu te llevas el termo de agua y las cervezas – le dije a Juan mientras tomaba las cañas – pero no veo las cervezas – respondió el, voltee por todos lados, como un desesperado, como un enfermo en busca de su medicina – ¡mierda Juan, se te olvido bajar las cervezas! – Le grite con ganas de quererlo destripar – yo pensé que tu las habías bajado – me respondió con cara de inocente estúpido, trate de tranquilizarme, ¿Qué mas podía hacer? Ahora el viejo y su perro tomarían cerveza fría, nos pusimos en marcha río abajo, estaba preparando las cosas para pescar, pero Juan me dijo que quería seguir caminando río arriba en donde había una gran poza de agua y que ahí encontraríamos truchas. Así que caminamos a toda orilla del río, pasamos por donde tarzan perdió el cuchillo y llegamos a la poza. Yo estaba todo sudado y el sol brillaba en todo su esplendor.
Preparamos las cañas con la carnada y después tiramos los anzuelos al agua, y nos sentamos a esperar a que pícara, después de 15 minutos Juan pescaba un pez y daba gritos de emoción – si si, que maravilla – pensaba yo para mi, no se como explicarlo, no se si Juan estaba bien parado con dios pero casi cada 15 o 20 minutos picaba un pez en su caña. Todo lo contrario a mi que solo me picaban los mosquitos infernales. Así pasaron dos horas, sudaba yo como un cerdo, los mosquitos seguían picándome, me ahogaba el sol, y por si fuera poco tenia que escuchar – atrape otro, mira mira, atrape otro – cada vez que juan atrapada uno – mira atrape otro – ya me estaba empezando hartar ¿alguien encontraría el cuerpo de Juan? ¿La corriente sería lo bastante fuerte como para arrastras su cadáver hasta el mar? Me preguntaba yo constantemente. Pero de pronto el cielo se iluminó, era como si dios se acordará de mi, porque en ese momento un pez picaba en mi caña, lo saque rápidamente del agua, podía ver como se agitaba el pez, ¡era hermoso! Era como un hermoso pez espada, claro, ante mis ojos. Se lo presumí al gilipollas de Juan, el cual no se impresiono mucho – umm, a lo mejor porque el lleva 8 pescados y yo solo este – pensaba para mi, tenía algo de hambre y le pedí a Juan un par de huevos hervidos de los que había traído – ¿pero cuales? Si ya me los comí, pensé que no querías, como no me dijiste nada – me informaba mi amigo del alma – ¿será lo suficientemente fuerte la corriente del río? – Me seguía preguntando a mi mismo, así que me tuve que conformar con agua de pepino con limón, di el día de pesca por terminado, estaba muy cansado, guardamos las cosas y subimos hasta la carretera, volvimos a poner pulgares arriba, pero esta vez no tuvimos suerte, así que llegamos caminando hasta la ciudad – ¿repetimos el domingo? – Me pregunto Juan al despedirnos, me límite a no contestar, y creo que juan encontró su respuesta en la expresión de mi rostro, una respuesta así como – muérete – llegue a mi casa con el único pescado que había podido obtener, lo lleve al lavadero para limpiarlo y hacerlo frito, tenía mucha hambre, pero antes quise ir a orinar, así que deje el pescado sobre el lavadero, estaba muy cansado. Había sido un pésimo día, aun sudaba bastante, regresaba al lavadero mientras me juraba a mi mismo que jamás volvería ir de pesca con el tarado de Juan, al llegar al lavadero el pescado se había esfumado, mire a todas partes y vi al gato de mi vecina subiendo al techo con el pescado entre los dientes – umm provecho, LA VENGANZA ES DULCE – pensé.

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